Hace ya más de tres décadas, en el invierno de 1962, una viuda de edad avanzada me dio posada en el pueblo de Santiago Xalitzintla, cerca del Paso de Cortés. La anciana, cuyo marido fue asesinado en una discusión por el agua, había sido esclava antes de la Revolución; aún mantenía las cicatrices que las cadenas de hierro le habían dejado en un tobillo. Ella nunca tuvo una educación escolar ni contacto alguno con medios de comunicación electrónica, por lo que su relación con la naturaleza y el apego a sus tradiciones ancestrales eran aún muy fuertes. Durante las noches, nos sentábamos cerca del fuego y bebíamos atole; aunque conversábamos en español, ella admitía que pensaba en náhuatl como lenguaje metafórico alusivo a elementos de la naturaleza, usualmente a través de abstracciones botánicas, zoomórficas o cosmológicas (nahualtocaitl)-. Para ella el volcán Popócatepetl era un organismo vivo, masculino e inherentemente violento, cuyo nombre era Gregorio, el que mucho tiempo antes había destruido un área cuyos límites eran tres cerros: Teteolotitla, Teotón y Xaltepec. La lava, la ceniza depositada eran suficiente evidencia. Ante la naturaleza de Gregorio, la gente le pedía favores en una cueva sobre el Teteolotitla, ofrendándole incienso de copal blanco, chocolate, tabaco y un pollo negro. En lo que se refiere al cosmos, la anciana contaba que un fenómeno solar, que se podía observar desde el Teotón o de las faldas del Popócatepetl, ocurría en la cima del volcán La Malinche y marcaba la época en que "el sol está vertical".
En aquel entonces, yo no sabía lo que era un paso por el cenit ni me preocupaba la astronomía, pero con el tiempo, cuando mi interés por la arqueoastronomía vino incrementándose, supuse que aquellos comentarios se relacionaban con el solsticio de verano y su importancia para los pueblos indígenas del Valle Poblano-Tlaxcalteca.
En esta forma, retomando los incalculables comentarios de aquella bondadosa mujer, y uniéndonos a los estudios de arqueoastronomía mesoamericana, el objetivo del presente estudio es tratar de identificar algunos rasgos naturales y culturales que pudieron servir como puntos de referencia precolombinos con respecto a los fenomenos solares, la conformación del cosmos y su grado de influencia en el establecimiento de los asentamientos humanos de esta región, enmarcada entre la ciudad de Cholula y las laderas adyacentes de los volcanes Malinche, Popocatépetl e Iztaccíhuatl.
El fundamento de nuestra investigación se encuentra en la estrecha relación que ha existido por milenios entre los pueblos indígenas y su entorno natural, de donde derivó una constante observación de la naturaleza y la adecuación de sus asentamientos a la geografía y fenómenos naturales. Los resultados de este trabajo derivan principalmente de un constante trabajo de observación y mediciones en campo, así como de nuestra participación dentro del Taller de Arqueoastronomía del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.
Cada uno de los rasgos que tratamos en nuestro estudio es descrito según sea un atributo geológico natural o un sitio arqueológico, tomándose en cuenta las configuraciones espaciales tales como la ubicación y la orientación de dichos puntos de referencia, los que a su vez parecen indicarnos la existencia de un orden espacial premeditado o un conjunto de atributos naturales y sitios dispuestos geométricamente. Particularmente nos parece que el paisaje y los rasgos que a continuación trataremos fueron artificialmente adaptados para imitar a la constelación de Orión, de donde creemos que estas configuraciones espaciales representaron una geografía de lo sagrado o la medición ritual del espacio.

Figura 1. La región de Puebla-Tlaxcala y los sitios tratados en esta investigación.
(Adaptado de García Cook, 1976:109).